sábado, 6 de noviembre de 2010

“Bienaventurados los amados, los amantes, y sobre todo los que pueden prescindir del amor”.


Dicen que no hay peor infelicidad que recordar desde el dolor de la desdicha los eventos más felices de nuestras vidas y puedo de alguna manera asegurar que en algunos acontecimientos puntuales de mi vida esto es enteramente cierto.
Tengo mucho de nostálgico, sentimental y (en buen ecuatoriano) “sufridor”  y no puedo dejar de confesar, a demás,  que soy de esas personas para quienes en la vida representan verdaderos golpes devastadores ciertos acontecimientos poco felices en los que resultan  destruidos sueños, ilusiones y pensamientos que en un pasado cercanísimo representaban la mayor de las felicidades o que condicionan el futuro en una manera tal que lo vuelven un mar de incertidumbres en el que muchas veces preferiríamos ahogarnos pronto a continuar agonizando al vaivén de las mareas . Es, precisamente, desde  esta miserable condición, desde mi “vulnerabilidad”  y mi sufrimiento (que por ingenuo que sea no deja de ser legítimo y sorprendentemente cruel) que he logrado comprender como funcionan las relaciones amorosas entre un hombre y una mujer y como consecuencia de mis propias experiencias, tanto las felices como las dolorosas he llegado a la siguiente conclusión:
No hay mejor amor que el que no pasa de la ilusión, de la avidez de los amantes por tenerse, por mirarse y por tocarse; No hay como los amores que no se han completado pues, como sucede con todo, cuando se completan se terminan y pasan a ser algo nuevo, algo diferente.
El amor es como una construcción, como un proyecto, una vez que una construcción se ha completado deja de serlo y pasa a ser una casa o un edificio o lo que fuere. Indudablemente uno puede empezar ahora a disfrutar de la comodidad de su casa y puede seguir obteniendo muchos y buenos réditos de su edificio al alquilar y vender sus plantas, por ejemplo,  pero en el amor la conclusión de la obra no representa siempre el más feliz de los finales, si bien hay parejas que luego de tener hijos juntos, amasar un patrimonio y emprender en proyectos de pareja e individuales se han acostumbrado tanto y tan bien a la presencia de quien fuera algún día su contraparte romántica y que ahora es su “compañero de vida” que no reparan en la verdadera situación de su relación o si lo han hecho pues se encuentran en santísima paz con la nueva configuración que existe en cuanto al tema de las pasiones y los afectos dentro de sus vidas.
No escribo de ninguna manera desde mi amargura sino que escribo con el asombro de alguien que ha logrado retirarse un velo que cubría sus ojos  por tantos años.

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